Cuerpo último: energias fuera de sí
La danza solo existe para el cuerpo, por el cuerpo. Esto, para los que no danzan, puede resultar una obviedad, pero no lo es en absoluto para los que danzan de manera profesional, ni tampoco lo es para la historia de la danza, en la que siempre el cuerpo ha sido una herramienta. En la danza, el cuerpo se somete a un riguroso proceso de domesticación, en el que se persiguen unos ideales formales, anatómicos, incluso sensibles específicos, ya sean los del ballet clásico o de los diferentes estilos de danza contemporánea aparentemente más laxa. Incluso muchas de las danzas urbanas y populares se construyen a partir de una idealización del cuerpo, ligada estrechamente a una visión del mundo.
La danza solo existe para el cuerpo. Por el cuerpo. Por eso, a lo que yo busco, prefiero llamarlo baile, para establecer una diferencia con la historia de la danza y su proyecto de domesticación.
El baile empieza precisamente cuando asume su derrota frente al cuerpo. Bailar es rendirse. El cuerpo, un exceso impreciso. El baile, la expresión fugaz de un exceso impreciso.
Cuando empecé a trabajar en el cuerpo jondo (que retrospectivamente podría llamar energías dentro de sí) me movía la intuición de que el baile (frente a la danza) es una necesidad de las vísceras, de la sangre. Una energía que viene desde adentro para proyectarse afuera. Todo se está moviendo en el interior, al compás de la respiración y de la sangre, ese es el balbuceo de la danza, lo que existe antes de la forma. Conectar con el flujo orgánico y hacerlo visible para compartirlo: bailar es la necesidad comunicativa de nuestra materia- cuerpo.
La conexión con los órganos no sólo es sensorial, sino también visual, simbólica, sinestésica. Respirar hacia dentro desentierra miedos y costumbres tan liberadoras como violentas. Reconciliación y conflicto. Rabia y alegría. El adentro de mi cuerpo está hecho de los adentros de mi casa, de mi familia, mi tierra, mi país. Lo arcaico, lo tosco, la vergüenza –conceptos difíciles para el arte contemporáneo– son los faros poéticos para Toná o Mariana, piezas en las que se despliega el cuerpo jondo.
Cuerpo último: energías fuera de sí se proyecta justo en la dirección contraria. La última onda que se propaga desde la piedra arrojada al mar. Casi no se ve, solo se intuye, tal vez no exista.
Solo podemos entender la muerte como si de una conversación no acabada se tratase. Solo podemos entender a los muertos en la medida en que nos siguen hablando. Los muertos como deuda (cuerpos sin enterrar, vidas malogradas injustamente, aquello que nos queda por decir a un familiar muerto) o como manos tendidas desde una lucidez que solo otorga la distancia temporal (las obras de arte, teorías, religiones) y que también son señales de que la muerte quizá no exista del todo. Solo nos interesa la muerte que se niega a sí misma.
Solo entendemos lo muerto en tanto sigue vivo. Todas las artes, pero muy especialmente la danza, parten de esa condición. Incluso, me atrevería a afirmar que la danza existe para negar la muerte, y que bailar es prestar el cuerpo a los que ya no vemos para demostrar que existen. Bailar para comprobar que hay fuerzas que nos siguen velando, y que habitan más allá del cuerpo, en un espacio-tiempo inimaginable pero accesible. Invocaciones, posesiones, visiones, exorcismos. Son dinámicas de un cuerpo que necesita bailar con la muerte.
Bailar es invitar, molestar, perturbar, incluso exigir a los muertos que sigan vivos, que nos acompañen y bailen con nosotros.